Karma

Karma: etimología

Aprendamos a dejar que las palabras se expliquen a si mismas según su origen y constitución. En primer lugar el “Karma” es un término sánscrito que utilizan el conjunto de religiones dhármicas para designar a la energía individual que registra los actos, acciones y actitudes de las personas, la energía que nos trasciende más allá de la materia siendo invisible, invencible e inmensurable.  Tengamos en cuenta que el  sánscrito es una de las lenguas más antiguas de la historia indoeuropea, por detrás del hitita y el griego micénico, y es considerada la lengua clásica de la India y Nepal, siendo hoy en día uno de los 22 idiomas oficiales de la India; significando según su propia disección terminológica: “la totalidad hecha obra”.  Actualmente su uso es sobre todo litúrgico, siendo la lengua ceremonial usada para himnos y mantas; aunque también es usada para las prácticas de yoga.

Por su parte, la palabra “Karma” en sánscrito proviene de la raíz “kar” que significa aproximadamente “hacer” o “ejecución de una acción”, seguido por la raíz “man” que designa  “pensamiento” o “pensador”. Por lo tanto etimológicamente la palabra “Karma” puede ser definida como “la energía que ejerce una acción sobre un pensador” o “energía pensante de la acción”. En ese sentido la palabra “Karma” desde su propia concepción etimológica concibe la existencia de una energía inteligente o un pensamiento energético consciente en el cual está contenido el “hacer” o la “acción” propiamente humana. El impacto de nuestras acciones fortalece esa energía, alimenta su sabiduría y seguidamente impulsa su autonomía.

Gracias a la etimología de la palabra, es posible lograr un primer acercamiento justo al término de “Karma“, permitiéndonos concebir filosóficamente la existencia de una energía que nos explica pero que al mismo tiempo funciona por su cuenta en su relación con el universo.

Como se define el Karma en actos, efectos y consecuencias
Para comprender mejor el significado del Karma hay que entender, tal como lo hacen las religiones dhármicas (desde el janismo hasta el budismo, sin dejar de lado el hinduismo) que el Universo posee una consciencia autónoma, un universo inteligente en el cual está contenido la Divinidad a la par que nuestra humanidad. El “dharma” es una doctrina de vida, un dogma que señala el camino a seguir para estar en consonancia con el equilibrio de ese universo. Es también una palabra a la cual se le asigna el significado de “virtud”; por lo cual la ley de la vida implica honrar la virtud y hacerse digno de ella, convertirse en un “ser virtuoso” cuyo aporte al universo signifique la multiplicación de su virtud natural.
Por lo tanto, el nivel de vicio o virtud que un ser humano energéticamente le da a su entorno genera un efecto que necesariamente se resume en una respuesta para su ejecutor. A la energía consciente de estos procesos y que legisla a partir de estos (de un modo equilibrado, como parte de un proceso de correspondencia natural) es lo que puede ser entendido como Karma.
Somos definidos por nuestras acciones. Pero nuestras acciones comprenden actos, palabras y pensamientos. A partir de nuestras acciones somos nosotros mismos y nuestro libre albedrío, a la hora de discriminar lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, lo virtuoso de lo vicioso, y aun así obrar conforme a nuestra voluntad. Antes de cada acción hay una voluntad que decide y luego obra. Es esa voluntad de elección lo que finalmente nos hace responsable de cada uno de nuestros actos. Cada acción produce un efecto que puede ser positivo o negativo, pero nunca exento de consecuencias. Por lo tanto, para el Karma seremos lo que alguna vez hicimos.

Como se define el Karma en actos, palabras y pensamientos
El universo y todo lo que somos y nos rodea es esencialmente energía, una energía que nos atraviesa con sabiduría, una inteligencia que nos comprende y que reconoce en nosotros lo que aportamos al universo en el que habitamos, sin que nosotros seamos plenamente conscientes de ello. Es entonces esa energía que nos contiene, pero a la vez nos traspasa y nos trasciende, registrando cada uno de nuestros aportes a ella (tanto benéficos como dañinos) lo que puede ser entendido como Karma. El Karma no es un cruel verdugo, sino más bien un observador atento al servicio del universo.
El Karma no lo hacemos nosotros. El Karma ya está allí anterior a nuestra existencia, desde siempre, desde que el universo existe o desde que concibió su propia consciencia. Como si se tratara de un pulso, el Karma nota las perturbaciones  y los cambios que cada acción individual impacta en el universo por muy pequeña que sea. Pero las acciones humanas pueden ser comprendidas en actos, palabras y pensamientos, y sin que haya una jerarquía para el Karma el efecto de cada una de estas acciones importa y genera un resultado a la vez que una subsiguiente respuesta.
Los actos son las acciones físicas cuyos efectos son más evidentes. Somos lo que hacemos. Las palabras comprenden todas aquellas cosas que hablamos o escribimos valiéndonos de un lenguaje y capaces de inspirar a quienes las escuchan. Somos lo que decimos. Finamente los pensamientos es todo aquello que creemos aunque no lo declaremos y es capaz de definirnos, de transformarnos y de construir una percepción de lo que existe a nuestro alrededor. Somos el resultado de lo que pensamos. Por eso el Karma se convierte en un intérprete de los efectos de nuestros actos y que nos devuelve justo lo que hemos dado.

Comprendiendo el significado de Karma

La palabra Karma forma parte de nuestro vocabulario habitual y representa uno de esos términos de uso constante inscritos en la memoria colectiva del mundo; lo cual ha hecho que también se desvirtúe o se convierta en un concepto manido injustamente vaciado de su significado o de una comprensión profunda y espiritual de todo aquello que abarca. Para la sabiduría oriental y cada una de sus religiones (siendo el budismo y el hinduismo las más representativas) el Karma tiene un significado mucho más amplio siendo un conocimiento esencial para los fundamentos de su fe.

No solo se trata de una cuestión moral sino de una toma de consciencia espiritual. Entender la existencia del Karma implica un despertar de la consciencia, gracias al cual podemos ejercer control sobre nuestras acciones así como el impacto que estas producen tanto en nuestra vida y nuestro entorno como en el universo, de tal manera que su efecto repercute hasta alcanzarnos de vuelta.

Pero para la filosofía oriental el Karma no solo comprende el registro constante del impacto de nuestra conducta y comportamiento a partir de acciones físicas. La energía que el Karma representa, y que individualmente se define por nuestras acciones y sus posteriores consecuencias, comprenden tres factores: actos, pensamientos y palabras. En distintos niveles cada uno de estos factores producen un efecto energético, un resultado y finalmente una respuesta. Los actos se refieren a las acciones más evidentes y comprobables por nuestro entorno. De los actos las miradas y los juicios de otros pueden dar fe, así como de sus consecuencias inmediatas. En cambio con las palabras y los pensamientos no hay jurisdicción humana capaz de constatar el daño y el alcance que pueden llegar a tener. Es ahí cuando el concepto de Karma como juez y testigo invisible adquiere su mejor dimensión.

 

Del dharma al Karma

Uno de los métodos más respetados y efectivos para llegar a un conocimiento es el de la dialéctica. Esto quiere decir llegar al conocimiento de algo a partir de un dialogo compuesto de interpelaciones y cuestionamientos.

Si le preguntamos a cualquier persona lo que significa Karma seguramente dará una vaga respuesta que se resumira a una sola premisa: el Karma es cuando algo ajeno a nosotros (llámese universo, divinidad o destino) nos da nuestro merecido según a como nos hayamos comportado. Otros más osados y seguros de sí mismos lo concebirán como “la venganza que algo más grande que nosotros se cobra en nuestro lugar. Todos estos conceptos no son del todo inválidos pero no nos sirven como una respuesta con fundamentos teóricos sólidos, ni tampoco es fiel a la cultura en la cual la palabra “Karma” se suscribe con un amplio significado. Para nuestra cultura occidental el Karma llega hasta nuestra terminología como una palabra pop de fácil uso y entendimiento, descuidando así el conocimiento y la filosofía espiritual que la fundamenta.

Es preciso comprender de donde surge cada cosa para conocerla mejor. Ya que el Karmaes un término de uso imprescindible para las religiones dharmicas (hinduismo, budismo, janismo y sijismo) , primero debemos ahondar en el conocimiento del “dharma“. La palabra “dharma” viene a ser una palabra sánscrita que aproximadamente significa “religión” en su sentido más general pero que también puede ser entendido como “ley de vida” o incluso si afinamos mejor su comprensión se refiere al conjunto de normas y sanciones que fundamentan una conducta piadosa y conducida por el camino recto, es decir el dharmavendría a ser la ley del comportamiento correcto mientras que el Karma podría ser entendido como la energía que registra de que modo un individuo cumple o transgrede esa ley.

 

Leyes del Karma

La mejor manera de definir lo que es el Karma es a través de la comprensión de sus leyes. Son 12 en total, identificadas de la siguiente manera:

1- Ley de Causa/Efecto: Lo que damos al universo es lo que se nos devuelve. Se nos retribuye o castiga según el impacto de nuestros actos, en función del daño o beneficio que representen como consecuencia.
2- Ley de Creación: Somos parte activa de la creación dentro del universo, así como representamos una creación del mismo. Engendramos vida y forjamos nuestro futuro a partir del libre albedrío. Creamos la vida que tenemos.
3- Ley de Humildad: Acepta tu propia medida dentro del universo. Ni por encima, ni por debajo. La misma importancia para todos.
4- Ley del Crecimiento: Evolucionamos a medida que tomamos consciencia de nuestro espíritu y su desarrollo individual. Entonces el mundo se transforma con nosotros a medida que avanzamos.
5- Ley de la Responsabilidad: Asumir las consecuencias de nuestros actos. Somos el reflejo del entorno que nos rodea. Lo que ocurre a nuestro alrededor, es la consecuencia de lo que hicimos.
6- Ley de la Conexión: Cada persona y cada acto se encadena en el tiempo y el espacio para definir los acontecimientos pasados, presentes y futuros.
7- Ley del Enfoque: Cada cosa por partes, una a una, a la hora que corresponda y sin atajos.
8- Ley del Dar: Lo que concebimos como nuestra verdad debe demostrarse a través de la práctica.
9- Ley del Aquí y Ahora: Estar al día con el tiempo presente sin arrastrar el lastre del pasado.
10-Ley del Cambio: Solo rompemos la cadena de un mal Karma cuando revertimos las acciones repetidas.
11-Ley de Paciencia/Recompensa: Nuestra esperanza será  premiada.
12-Ley de Importancia/Inspiración: Voluntad al servicio de nuestros actos para lograr la respuesta deseada.

 

Karma y ley de conexión

Una de las leyes cósmicas que nos ayudan a comprender mejor la definición e importancia del Karma es la ley de conexión, según la cual todos estamos atados y cada acción desencadena otra serie de acciones que afectan no solo al perpetrador de la misma. Mientras más conscientes seamos de esta red de conexión infinita, mayor responsabilidad asumiremos sobre nuestros actos. Sin importar el tiempo o las distancias, no hay nada tan insignificante que no deje un rastro, nada tan menudo que no genere una consecuencia, nada tan pequeño que no impacte la vida de otros. Por eso el Karma comprende el resultado pasado, presente y futuro de estas conexiones, siendo un testigo e intérprete de las mismas, un traductor fiel de las consecuencias verificables que muchas veces se nos escapan.

Como si se tratara de una carrera de relevos, según la ley de conexión el esfuerzo conjunto de varios lleva a una meta que generalmente no somos capaces de ver. Cada mínimo paso importa y lleva al siguiente, trasladando consecuencias que pueden ir creciendo y transformándose como una bola de nieve antes de su colisión final. Impacto que solo el tiempo verifica y resiente, o mejor dicho que el Karma anticipa y de antemano nos encadena según la responsabilidad que tengamos sobre ello.

Hay una película llamada “Cloud Atlas” (dirigida por Andy y Lana Wachowski junto a Tom Tykwer, estrenada en el 2012), basada en el libro homónimo de David Mitchell, que contiene una frase que puede explicar a la perfección lo que es la ley de conexión y como esto define al Karma: “Nuestras vidas no son solo nuestras. Del vientre a la tumba, estamos conectados a otros, en el pasado y el presente. Y por cada crimen cometido o por cada acto de generosidad alumbramos nuestro futuro.”

 

Karma y ley de creación

No hay dificultades reales a la hora definir el Karma como un concepto simple y de fácil entendimiento. Y no porque sea una noción carente de complejidades, sino al contrario porque gracias al concepto de Karma pueden explicarse conceptos llenos de dificultades y contradicciones tales como libertad y destino, retribución y condena, equilibrio y caos. ElKarma nos aproxima al concepto de creación, o mejor dicho cuando entendemos con claridad lo que el Karma significa se nos revela nuestro lugar en el universo y nos sabemos participes de sus procesos infinitos de movimiento y transformación, así como de sus horas de desequilibrio y destrucción.

Una de las leyes del Karma es la ley de creación. Esta ley nos indica que el mandamiento principal del universo implica participar con la vida que nos ha sido dada, es decir ser conscientes de nuestro lugar en el universo e integrarnos a razón de ello. Pero la ley de creación no solo refiere nuestra participación vital como parte del mundo que habitamos, razón por la cual cada una de nuestras acciones crea una consecuencia que deja su marca en el universo, sino que también indica que somos creadores del mismo modo en que hemos sido creados. He ahí la correspondencia entre nosotros y el universo: la capacidad semejante de creación. Somos creadores en tanto nuestra capacidad de reproducirnos y engendrar nueva vida. Somos creadores cuando nuestras ideas transformadas en palabras y actos inspiran a otras personas y transforman su consciencia. Somos creadores cuando nos atrevemos a imaginar, forjando una visión del mundo a imagen y semejanza de nuestros pensamientos.

La respuesta que nos da el universo, en base a lo que entendemos como Karma, es lo que resulta a partir de lo creado. Cuando asimilamos esta capacidad creadora también forjamos el karma que recibimos.

 

El buen karma y el mal karma

El karma funciona como un legislador cósmico e invisible, donde somos nosotros los jueces y  verdugos. Somos nosotros quienes generamos el buen o el mal karma que impacta nuestras vidas. Cuando comprendemos el Karma como una  energía neutra en sí misma que solo es definida moralmente por las acciones individuales a partir de una percepción universal del bien y el mal, intuimos que este concepto abarca una idea de justicia y equilibrio moral, una ética global que discrimina entre lo correcto y lo incorrecto.

Entonces la dificultad real a la hora de entender lo que es el Karma se apoya en nuestras propias nociones morales que discriminan lo bueno de lo malo. Según cada cultura y contexto la percepción moral de lo que es bueno y de lo que es malo puede variar enormemente. Para una comunidad profundamente religiosa la bondad siempre estará asociada al cumplimiento de lo que dicta la fe, en cambio para una sociedad laica será la ley humana la que determine el canon entre lo recto y lo torcido.  Lo moralmente reprochable dependerá también del bagaje individual que tenga cada persona, según su crianza, experiencias de vida y saberes intelectuales.

La noción de Karma nos afirma de que somos premiados o condenados según el peso de nuestras buenas y malas acciones, desarrollando así la idea de que existe un buen karma y un mal karma, personalizado según los actos, palabras, pensamientos y sentimientos de cada individuo en relación al efecto que generan. La mejor manera de distinguirlos es a través de una interpelación que no deje lugar a dudas: si nuestras acciones perjudican nuestro entorno y a otras personas- además de a nosotros mismos-  o en cambio causan un efecto transformador positivo, fácilmente intuiremos la diferencia que hay entre un mal karma y un buen karma.

 

El Karma como ley de causa y efecto

Todas las personas tienen una idea aproximada de lo que significa el Karma, sin importar su religión. En parte porque comprendemos que cada cosa que hacemos genera una consecuencia y cada una de estas consecuencias tienen la capacidad de transformar nuestras vidas para bien o para mal. También porque frases o nociones básicas de la sabiduría popular tales como “cosechas lo que has sembrado” o admoniciones supersticiosas como “recibes justo lo que mereces” forman parte de nuestra idiosincrasia.

Se nos castiga por nuestras malas acciones o se nos elogia gracias a nuestras mejores virtudes. Así funcionan las leyes y de esta manera la sociedad premia o condena a los individuos según sus talentos o sus delitos. Nos cuidamos de obrar de mala manera porque sabemos que acarreará consecuencias negativas que perjudicarán nuestra vida, y de esta manera incluso desde el proceso mismo de crianza y educación les enseñamos a los niños a comportarse bien en tanto sientan miedo por el castigo que recibirán si hacen lo contrario a lo que se les pide. Estas concepciones básicas nos dan un aproximado de cómo puede definirse el concepto de Karma.

Por lo tanto uno de los principios fundamentales para entender lo que es el Karma tiene que ver con la concepción de una llamada “ley de causa y efecto“, según la cual por cada acción cometida (sea positiva o negativa) recibiremos un efecto semejante, una correspondencia perfecta justa donde se nos devuelve la medida exacta de lo que le hacemos a los demás. En ese sentido el Karma se aleja de la idea de destino, como muchas veces suele confundírsele erróneamente, ya que no estamos sujetos a una predestinación sino a las decisiones individuales de nuestro libre albedrío. El karma implica que forjamos nuestro propio destino pavimentándolo con las decisiones que tomamos.